Según datos de la Universidad Johns Hopkins, la pandemia del nuevo coronavirus SARS-CoV-2, responsable de la enfermedad COVID-19, ya ha causado más de 2,69 millones de muertes y suma más de 121,84 millones de infectadas en la especie humana (Dong et al, 2020). Sin embargo, la pandemia no ha sido ajena al resto de especies con las que convivimos. Los visones americanos (Neovison vison) fueron los primeros animales criados en granjas intensivas en experimentar brotes de SARS-CoV-2, hecho que se fue repitiendo a lo largo de 2020 y 2021 (do Vale et al, 2021).

En este artículo trataremos de resumir algunos de los brotes de SARS-CoV-2 que han surgido en granjas peleteras europeas en las que se crían visones americanos. También expondremos los factores que han facilitado la aparición y transmisión del virus en las granjas, así como las motivaciones que han llevado a elegir métodos de gestión que pasan por el exterminio de individuos. Del mismo modo, intentaremos abordar la problemática de la pandemia y, por supuesto, la de la industria peletera desde una perspectiva antiespecista.

Revisión de los principales brotes de SARS-CoV-2 en granjas de visones europeas durante el 2020

El motivo por el cual el nuevo coronavirus infecta sólo a ciertos animales reside en la enzima conversiva de la angiotensina 2 (ACE2). Este receptor es la diana a la que se une la proteína espiga del SARS-CoV-2 y, por lo tanto, la puerta de entrada del virus al cuerpo. Mientras algunos animales presentan una configuración estructural del ACE2 que es incompatible para el virus, otras especies como la humana, las felinas o las mustélidas -visones, hurones o nutrias, entre otros-, presentan una conformación en ACE2 idónea para el virus, lo que las hace más susceptibles a infectarse (Hayashi et al, 2020).

Primeros casos en los Países Bajos

En el caso de los visones americanos, los primeros positivos a SARS-CoV-2 se reportaron en dos granjas peleteras de los Países Bajos a finales de abril del 2020. Inmediatamente se inició una investigación que probó que la introducción del virus se produjo a través de la especie humana y que, una vez dentro, el virus se había transmitido de visón a visón. Además, la investigación abría la puerta a la posibilidad del contagio de visones a humanes (Enserink, 2020; do Vale et al, 2021).

En junio, el SARS-CoV-2 ya se había introducido en 12 de las 130 granjas holandesas de visones americanos y quedaba claro que la transmisión visón a visón era elevada. A pesar de que estos animales pasan toda su vida en cajas individuales, separadas del resto, es posible que el SARS-CoV-2 se expandiera a través de la inhalación de gotitas del sistema respiratorio de visones infectados, la alimentación o restos de materia fecal. La densa población de visones en granjas peleteras podría haber disparado la evolución del virus hacia formas más virulentas, sin embargo, en este caso, el contagio de visón a visón no parecía estar aumentando su virulencia. Además, la posibilidad que el brote se extendiera más allá de las granjas y contagiara a la población humana circundante era remota (Enserink, 2020).

Sin embargo, en la memoria de les vecines estaba la epidemia de fiebre Q, que tuvo lugar entre el 2007 y el 2009, y que surgió de explotaciones de cabras de la zona, lo que aumentaba el miedo a que sucediera algo similar con el SARS-CoV-2 y los visones.  A pesar de que sólo 2 de los casi 50.000 casos confirmados de COVID-19 en humanes podían vincularse a las granjas de visones, el 6 de junio, el gobierno optó por gasear hasta la muerte a todos los visones de granjas infectadas (Enserink, 2020). Esta medida se tradujo en la muerte de decenas de miles de visones, una cifra que ascendió hasta 1.5 millones de visones en septiembre del 2020. Por supuesto, se compensó económicamente a todas las explotaciones que sufrieron pérdidas (Enserink, 2020; Selten & Riker, 2020).

Mientras tanto en España

A pesar de ser el primero, el caso de los Países Bajos no fue, ni de lejos, el último. A finales de mayo del 2020, 7 de les menos de 30 trabajadores de una explotación peletera de Teruel dieron positivo por coronavirus. Tras diversos análisis que resultaron negativos o no concluyentes, en julio se confirmaron 78 positivos en una muestra de 90 visones, lo que suponía el 87% de individuos infectados (FAADA, 2020; do Vale et al, 2021). Una muestra muy pequeña teniendo en cuenta que estos resultados bastaron para que se aprobara el exterminio de los 92.700 visones asintomáticos que existían en aquel momento en la explotación. Del mismo modo, se realizó sin tener ninguna prueba del salto del virus entre visones y humanes y, de nuevo, se compensó económicamente a la explotación. Ante esta gestión, la Asociación para la Defensa de Víctimas de Injusticias (Apadevi) se querelló contra el propietario de las instalaciones, al que acusó de maltrato animal por no adoptar medidas a tiempo para evitar el contagio. El caso se archivó en octubre y, aunque Apadevi recurrió al sobreseimiento, el propietario comunicó al ayuntamiento su intención de reanudar la cría de visones (Rajadel & Moreno, 2020).

Minkgate en Dinamarca

Sin duda, el caso más sonado fue el de Dinamarca, el principal productor de pieles de visón de Europa (Pickett & Harris, 2015). Entre junio y agosto del 2020 se confirmaron casos en 4 granjas de visones y en 3 de ellas se reportaron positivos entre les trabajadores. Apelando a la precaución, se ordenó matar a todos los visones de estas 3 granjas y se instauró un nuevo programa de vigilancia nacional. En septiembre, el número de granjas de visones infectadas había ascendido a 27 de las 1139 que existen en el país y en noviembre ya se conocían casos en más de 200 granjas (Freixes Carbonell, 2020; do Vale et al, 2021).

A principios de este mismo mes de noviembre, al miedo generalizado producido por los casos europeos se le sumó una declaración del instituto danés Statens Serum en la que manifestaba su preocupación ante la aparición de una nueva variante del virus asociada a visones de granjas danesas. El informe hizo saltar todas las alarmas al apuntar que las 12 personas infectadas por esta nueva cepa parecían “menos sensibles a los anticuerpos”, de lo que se extrapoló que “se podría poner en riesgo la eficacia de una futura vacuna si la mutación se expandía a escala internacional” (Freixes Carbonell, 2020; Grove Krause, 2020). La Organización Mundial de la Salud  (OMS) reaccionó inmediatamente al informe pidiendo cautela: “Las conclusiones notificadas recientemente por las autoridades danesas de salud pública (Statens Serum Institut) en relación con la nueva variante de SARS-CoV-2 detectada en seres humanos deben confirmarse y evaluarse a fondo para poder entender mejor las posibles repercusiones por lo que respecta a la transmisión, el cuadro clínico inicial, los medios diagnósticos, los tratamientos y el desarrollo de vacunas.” (OMS, 2020). Pero ya era demasiado tarde. Ante la posibilidad de una variante danesa del SARS-CoV-2 vinculada a las granjas de visones, el gobierno danés optó por la vía más rápida, y descabellada, posible. En palabras de la primera ministra danesa Mette Frederiksen: “Es necesario matar a todos los visones de Dinamarca”. Dicho y hecho. Así empezó el lamentable noviembre danés, con el exterminio de todos y cada uno de los visones del país: entre 15 y 17 millones de individuos. De nuevo, esta medida se acompañó con elevadas compensaciones económicas para las explotaciones. Sin embargo, la orden de exterminio no tenía ninguna base legal, lo que acabó desencadenando la dimisión del ministro de agricultura y obligó a la ministra a pedir disculpas públicamente (Freixes Carbonell, 2020). En estas declaraciones, Frederiksen dirigió sus disculpas a quienes trabajaban en la cría de visones, ensalzó su excelente trabajo y culpó al coronavirus:

“Tenemos dos generaciones de excelentes granjeros de visones, padre e hijo que, en un plazo muy corto, han visto como todo el trabajo de una vida se ha hecho añicos y eso ha sido emocionalmente muy duro para ellos. Como decía a los granjeros, hemos hecho un buen acuerdo de indemnización. Ellos y todos los criadores de visones recordarán que no hemos tomado esta decisión por su culpa, que no han sido malos granjeros, al contrario, son los mejores del mundo. Ha sido culpa del coronavirus. No es culpa de los granjeros que esta profesión pueda desaparecer” (Freixes Carbonell, 2020; WION, 2020).

A lo largo de 2020 se produjeron muchos otros brotes en países europeos como Italia, Lituania o Grecia. No detallaremos estos casos aquí para no extendernos en exceso, pero si esta información es de su interés, puede consultar los datos en el apartado “SARS-CoV-2 virus detections in the EU/EEA and UK in mustelids” del informe “Monitoring of SARS-CoV-2 infection in mustelids” publicado por la European Food Safety Authority (Boklund et al, 2021).

Visón americano en una granja peletera de Ontario, Canadá (2014). Jo-Anne McArthur / #MakeFurHistory (www.weanimalsarchive.org)

Perspectivas en 2021: 

En total, se han reportado más de 400 brotes de SARS-CoV-2 en granjas peleteras (Boklund et al, 2021). Esto evidencia, por una parte, que el visón americano es especialmente susceptible al SARS-CoV-2, lo que lo convierte en un buen reservorio para el virus y, por otra, que el modelo intensivo de producción de pieles favorece la transmisión de visón a visión, lo que aumenta las probabilidades de mutación del virus y la aparición de nuevas variantes. Esta evidencia ha contribuido al descenso de las granjas peleteras activas en Europa, que han pasado de 2.726 a 755 durante el 2020, lo que supone una reducción del 73% (Boklund et al, 2021; Rejón, 2021).

En algunos casos, como el de Dinamarca o Italia, estos cierres van a ser temporales y limitados a la duración de la pandemia. En aquellos países en los que se ha optado por acabar con la cría del visón de forma definitiva, se han establecido periodos de transición de años. Por ejemplo, en Alemania la prohibición definitiva entrará en vigor en 2022, en la región belga de Flandes en 2023 y en Francia, Eslovaquia y Noruega en 2025. Estos países se sumarán a Reino Unido (2000), Austria (2005), Suiza (2008), Macedonia del Norte (2014), Eslovenia (2016), Croacia (2017), las regiones belgas de Valonia y Bruselas (2018), Luxemburgo (2018), Chequia (2019), Serbia (2019) y, recientemente, los Países Bajos (2021) y Bosnia y Herzegovina (2021), en los que ya es efectiva la prohibición de criar visones para comercializar sus pieles (Boklund et al, 2021).

En España, la tendencia es totalmente opuesta con 26 granjas activas de las 29 que había antes de la pandemia (Animal’s Health, 2021a; Rejón, 2021). Poco se aprendió del primer brote en Teruel que acabó con la vida de 92.700 visones. De hecho, se registraron dos nuevos brotes a inicios de 2021, uno en Galicia y otro en Ávila, que, de nuevo, acabaron con la muerte de 3100 y 1010 visones, respectivamente (Animal’s Health, 2021b; 2021c). A pesar de que estos casos han reavivado el debate público sobre si es seguro mantener las granjas de visones americanos en activo, la única respuesta del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), a nivel nacional, ha sido la publicación del “Programa de prevención, vigilancia y control de SARS-CoV-2 en granjas de visón americano en España” (MAPA, 2021), con la idea de controlar las explotaciones activas, que son casi todas. En terreno de regulación, este pasado mes de febrero, las Cortes de Aragón aprobaron una Proposición No de Ley, presentada por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), que insta al gobierno de Aragón y de España a cerrar las granjas. Sin embargo, la propuesta original ha sido enmendada por las Cortes para incluir la condición de temporalidad mientras dure la pandemia (Animal’s Health, 2021d). La motivación de estas medidas es la de proteger el empleo y la actividad económica, aunque como bien apunta la responsable del programa de especies de WWF, Gemma Rodríguez, “ese empleo no es de calidad, hay mucho temporal y precario” (Rejón, 2021).

Notablemente, España no ha sido el único país europeo que ha optado por mantener las explotaciones operativas. Finlandia, Polonia, Lituania o Grecia, entre otros, han seguido los mismos pasos, a pesar de que algunos de ellos también han sufrido brotes de coronavirus en granjas de visones durante 2020 y 2021 (Boklund et al, 2021; do Vale et al, 2021).

Independientemente de estos casos, la pandemia parece estar acelerando el fin de las granjas de visones americanos en Europa. Desde una perspectiva antiespecista, esta debería ser una buena noticia. Sin embargo, no podemos desvincular este acontecimiento de los millones de víctimas que ha comportado. Del mismo modo, tampoco podemos pasar por alto los discursos y las motivaciones antropocentristas que han conducido al exterminio de visones como forma de control de la pandemia.

Los visones frecuentemente se hieren y canibalizan unos a otros en las condiciones de hacinamiento de las granjas de pieles. Suecia (2010). Jo-Anne McArthur / Djurrattsalliansen (www.weanimalsarchive.org)

Revisitando la situación desde una perspectiva antiespecista

Discursos que facilitan el exterminio

En el contexto de la pandemia, los visones americanos han aparecido en muchos titulares de grandes medios descritos como una amenaza para la salud pública. Aunque en algunos casos se ha explicitado que la amenaza reside en las explotaciones y no en estos animales, permitir, ya sea por economía del lenguaje o por sensacionalismo, que la responsabilidad recaiga en los visones americanos es problemático porque, como veremos a continuación, han sido las principales víctimas de lo acontecido.

En Europa se crían unos 34,7 millones de visones, una cifra que asciende a 60,3 millones a nivel mundial (Humane Society International, 2018), ya que se necesitan entre 50-60 visones para elaborar un solo abrigo de piel (Animal Ethics, 2016). Con tal de reducir los costes de la producción de pieles, los visones se mantienen confinados durante toda su vida en pequeñas jaulas, de unos 75 x 37.5 x 30 cm, en las que apenas disponen de espacio para moverse y mucho menos para nadar o correr. Dado que los visones son mamíferos semiacuáticos, el confinamiento unido a la falta de acceso a espacios acuáticos en los que nadar, frustra el desarrollo de sus conductas naturales y les evoca a desarrollar altos niveles de estrés. Dicho estrés se manifiesta en estereotipias, movimientos repetitivos dentro de la jaula sin razón aparente, pero también en conductas de automutilación, canibalismo o infanticidio, totalmente anómalas en los visones. Otro factor agravante del estrés que padecen los visones son las propias jaulas en las que viven confinados y la poca higiene que les procuran sus explotadores. Los suelos de las jaulas están hechos con alambres para que los excrementos de estos animales caigan a través de ellos y se acumulen bajo las jaulas. Este tipo de suelos resultan incómodos y antinaturales para los visones. Además, al ser animales con un agudo sentido del olfato, la acumulación de desechos también resulta muy molesta para ellos. Todo este sufrimiento podría afectar su sistema inmunitario, facilitando la transmisión de virus. De modo aún más obvio, la acumulación de heces en los suelos de la explotación y la falta de limpieza de las jaulas, junto a la alta densidad de animales crea un caldo de cultivo idóneo para la aparición y transmisión de enfermedades y parásitos. Por otra parte, muchas instalaciones explotadoras carecen de un correcto aislamiento, lo que expone a los visones americanos a las inclemencias del tiempo: al frío extremo en invierno, al calor sofocante en verano o a inundaciones de lluvia o nieve, lo que puede llevarlos a la muerte o, por lo menos, comprometer seriamente su salud (Animal Ethics, 2016).

Así pues, la elevada transmisión del virus entre visones no se debe únicamente a la susceptibilidad biológica que estos animales comparten con la especie humana, sino a la propia naturaleza de su explotación, que compromete su capacidad inmunológica y facilita la expansión del virus. Por lo tanto, la verdadera responsabilidad debería recaer en la especie que los explota, la humana. Por si eso fuera poco, según un reciente informe de la Autoridad de Seguridad Alimentaria Europea (EFSA) (Boklund et al, 2021), en todos los brotes de SARS-CoV-2 producidos en Europa durante el 2020, la introducción del virus a las granjas se produjo por transmisión humane-visón. Todo ello apunta a que la verdadera amenaza para la salud pública reside en los sistemas que nuestra especie ha desarrollado para explotar a otras, no en las víctimas a las que oprimimos. Algo que se ha venido obviando durante toda la pandemia y que también se ha visto reflejado en la toma de medidas ante la aparición de brotes.

En la gestión de los brotes producidos en granjas de visones europeas, ha primado el principio de precaución únicamente para proteger vidas humanas. Esto ha dado pie a respuestas precipitadas, irracionales, injustificadas y, como veíamos en el caso de Dinamarca, incluso ilegales, que han concluido con la muerte de millones de visones americanos. Este exterminio se ha percibido como la única salida posible, no sólo por razones de salud pública, sino también por cuestiones medioambientales. El visón americano es una especie importada de otro continente que cuando escapa o es liberada al medio natural compite por el hábitat y el alimento con otras especies como el visón europeo, que se halla en grave peligro de extinción. Del mismo modo, tampoco se considera posible devolverlos al continente americano, ya que, debido al elevado número de individuos criados en Europa, la reintroducción a Estados Unidos o México también podría alterar los ecosistemas (Tena, 2020).

Por supuesto, la gestión de estos brotes ha sido verdaderamente complicada y seguramente influenciada por la incertidumbre y el miedo ante la pandemia. Sin embargo, optar por el exterminio solo ha sido posible porque se ha excluido a los visones americanos del debate. Solo podemos hacer conjeturas, seguramente utópicas, pero si los discursos mayoritarios se hubieran articulado exponiendo de forma clara el vínculo entre la explotación animal y las pandemias y los brotes descritos, o educando en el reconocimiento de los visones americanos como individuos sintientes con sus propios intereses, tal vez se habrían considerado otras alternativas para gestionar el problema. Por ejemplo, crear espacios para cuidar y monitorear a estos animales, sin explotarlos o suprimir sus conductas naturales. Opciones como ésta implicarían una importante inversión de recursos, pero conviene recordar el elevado coste de dinero público que ya está acarreando la prevención y gestión de brotes en granjas peleteras, las compensaciones económica que reciben y recibirán las explotaciones por las pérdidas, e incluso la erradicación del visón americano en el medio natural.  Si desde el antiespecismo queremos impulsar este tipo de alternativas que sitúan a los otros animales en el centro de la toma de decisiones, debemos, en primer lugar, exponer la falacia que supone calificar a estos animales como amenaza o dicotomizar las especies en buenas y malas, ya sea por el tipo de explotación a la que son sujetos, en el caso de la salud pública, o por su procedencia, en el caso del discurso ecologista. Un primer paso en esta dirección es educar sobre quienes son los otros animales. Esto puede ayudarnos a dejar de ver a las demás especies como grupos homogéneos de seres idénticos y a reconocer que cada individuo tiene una personalidad e intereses únicos. Esta nueva perspectiva podría contribuir a poner en valor moral a los individuos y no a las especies en su conjunto, algo clave ya que son los individuos quienes sufren la explotación y merecen políticas que les protejan.

Industria de la piel de visón más allá de esta pandemia

Si ampliamos el foco más allá de esta pandemia, es importante recordar que la responsabilidad humana va mucho más allá de haber transmitido el virus a los visones o de haber optado por métodos violentos para contener los brotes, algo que, además, ya hemos presenciado en zoonosis anteriores. Nuestra especie es responsable de la explotación que ejercemos sobre los visones americanos y tantos otros animales. Casos como el minkgate danés causaron un gran rechazo social (BBC News Mundo, 2020), pero es injusto acordarnos de estos animales solo cuando su exterminio en masa aparece en los medios. Es importante tener presente que todos estos animales hubieran sido igualmente asesinados para producir pieles, independientemente de la pandemia.

En el caso de los visones, las crías nacen en primavera, permanecen con sus madres durante algunas semanas y después son separadas de ellas para siempre. Durante toda su vida permanecen en las condiciones que ya hemos expuesto y, a los seis meses de vida, entre noviembre y diciembre, son asesinados. Existen diversos métodos para acabar con sus vidas, todos ellos diseñados para no dañar la piel. En muchos casos, los visones americanos son gaseados con dióxido de carbono o de nitrógeno, a menudo a bajas concentraciones para reducir costos, lo que les ocasiona una muerte lenta. En menor medida, también se opta por gasearlos con las emisiones de los tubos de escape de los tractores, a pesar de tratarse de una práctica prohibida en algunos países. Los visones son capaces de sentir la falta de oxígeno, por ello el gaseo supone estrés, convulsiones y mucho sufrimiento para estos animales. Las alternativas no son mucho mejores: las inyecciones letales con hidrato cloral o pentobarbital también acarrean una muerte lenta y angustiosa, ya que tardan varios minutos en hacer efecto; y la electrocución por vía bucal, anal o vaginal o el desnucamiento no siempre ocasionan una muerte inmediata. De hecho, el ritmo frenético de la granja puede conducir a que algunos animales sean despellejados antes de estar muertos (Pickett & Harris, 2015; Animal Ethics, 2016; AnimaNaturalis, 2019). Por lo tanto, no existe forma compasiva de matar a estos animales, ya que todos los métodos acarrean sufrimiento y acaban con la vida de un ser que tenía interés en mantenerla y vivirla en libertad. Condenamos a los visones a vidas y muertes llenas de sufrimiento y frustración solo para acabar convirtiéndolos en artículos de lujo, completamente innecesarios, con los que realzar nuestro estatus y exhibir orgullosos nuestro poder y dominio sobre el resto de humanes y, por supuesto, el resto de animales.

A pesar del aparente consenso social que existe en diversos países europeos en torno al hecho de que explotar animales por sus pieles es éticamente reprobable, lo cierto es que las ventas, que cayeron en picado en los ’80 y ’90, han aumentado en el último milenio. Entre el 2005 y el 2015 se produjo un incremento del 65% de la producción y, entre 2013 y 2014, la exportación creció un 14% (Europe Innovating Heritage Responsibly, 2015). A pesar de las marcas que se han declarado libres de pieles, seguimos viendo otras que se resisten a dar este paso y a celebrities, referentes para las generaciones más jóvenes, ataviadas con pieles animales. Por todo ello, es positivo que Europa, el principal productor de pieles antes de la pandemia, se esté encaminado a acabar con la industria peletera, pero debemos permanecer alerta al panorama europeo post-pandemia y a lo que pueda suceder en países como Rusia o China, donde, en general, la tendencia del consumo de pieles no es a la baja (Pickett & Harris, 2015). Del mismo modo, no podemos aceptar que el fin de las peleteras implique aceptar el sacrificio masivo de visones como un mal necesario. Queda mucho trabajo por hacer y es necesario educar no sólo sobre la explotación para ampliar el apoyo social al cierre, sino también sobre quienes son los visones americanos, para que estos animales sean tomados en cuenta en todos los procesos de transición.

Un recordatorio final

No podemos acabar sin recordar que la ejecución de animales no humanos no ha sido exclusiva de esta pandemia. Entre 2020 y 2021, también se dio muerte a millones de aves en granjas europeas y asiáticas por brotes de gripe aviar (BBC News, 2020; Singh Dillon, 2021; Nippon, 2021). Víctimas que se suman a las millones de olvidadas que sucedieron durante anteriores brotes de SARS, MERS, H1N1, gripe aviar, ébola, etc (Klous et al., 2016). Igual que los visones americanos, todos estos animales se criaron para acabar siendo consumidos por la especie humana y hubieran muerto de forma prematura igualmente. Por lo tanto, es importante exponer que todas las formas de explotación animal son igual de innecesarias y que los individuos que la sufren son seres sintientes que debemos no solo proteger en momentos de crisis, sino liberar del yugo de la explotación a la que nuestra especie los ha condenado.

Referencias:

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