La filósofa Vinciane Despret en su libro ¿Qué dirían los animales… si les hiciéramos las preguntas correctas? (2018)[1] plantea una palabra por cada letra del abecedario junto a una pregunta, dando pie a narrativas y reflexiones en torno a los animales basadas en observaciones, datos históricos, experimentos científicos o anécdotas que, sin duda, aportan perspectivas sumamente interesantes, agudas y también críticas. En este texto nos enfocaremos en el capítulo correspondiente a la letra T de Trabajo y a la pregunta ¿por qué se dice que las vacas no hacen nada? (p. 167). La filósofa inicia este apartado con otra pregunta: ¿los animales trabajan?, referenciando a Jocelyne Porcher, zootécnica y socióloga francesa, quien convirtió[2] esta pregunta en objeto de estudio de su investigación sobre las relaciones de los criadores con sus animales. Despret nos acerca así a la propuesta experimental de Porcher de pensar a los animales de cría de otra manera y de reconstruir esta relación humano-animal.

El punto de partida es la idea de que estos animales sí trabajan, rechazando las hipótesis que los ubican en un esquema único: el de la explotación (p. 168). La socióloga francesa se propone generar un cambio en las relaciones entre criadores y animales y en el modo de verlas, y para ello argumenta que es imprescindible “no considerar a los animales como víctimas, idiotas naturales y culturales a los que habría que liberar a pesar de ellos” (Porcher, citada por Despret, p. 169). Y aquí es donde se refiere a quienes nos posicionamos como liberacionistas, afirmando sin titubeos ni puntualización alguna que quisiéramos “liberar el mundo de los animales” o, lo que es lo mismo, eliminarlos.

Evidentemente, desde la perspectiva de los estudios críticos animales (ECA), a la que nos adscribimos en este grupo de investigación, estamos muy lejos de considerar a las demás especies animales meras víctimas o idiotas. Por el contrario, un aspecto clave de este ámbito de estudio es el cuestionamiento del sesgo antropocéntrico y la reflexión sobre cómo dicho sesgo limita nuestra visión de los demás animales y las relaciones que establecemos con ellos. Por otra parte, el concepto de liberación respaldado por los ECA no se limita a los animales no humanos, sino que lo concibe inseparable de la liberación humana y de la tierra. Por lo que, siendo conscientes del complejo e inmenso entramado que entraña tal concepto, es un principio esencial avanzar en una comprensión de las diversas opresiones y problemáticas desde una perspectiva interseccional. Además, las teorías y prácticas provenientes de diferentes disciplinas  vinculadas a los ECA procuran modos más pacíficos de coexistencia con las demás especies, asumiendo posiciones muy críticas con el sistema capitalista y sus implicaciones para humanos y no humanos. Esto último, de algún modo, es compartido con Porcher, aunque ella se empeñe en afirmar que “los teóricos y militantes veganos son los idiotas útiles del capitalismo” (2018) al servicio de Bill Gates y de los intereses de las empresas que desarrollan carne in vitro[3] (cuestión de la que hablaremos después). Cabe señalar en este punto que la crítica a un “veganismo moderno-colonial” (Ávila, 2014)[4], mercantilizado y despojado de su componente político está muy presente dentro de los ECA y del movimiento antiespecista. Sin embargo, parece que la socióloga no ha encontrado a esos teóricos y militantes veganos abiertamente anticapitalistas, como Steven Best, por mencionar a uno de los más conocidos.

El punto de vista de Porcher es el de quien, siendo crítica con la producción industrial de animales, promueve fervientemente el consumo de carne proveniente de la cría extensiva. Quizás, esto y el hecho de que ella misma haya sido criadora explique su percepción de que queremos liberar a los animales “a pesar de ellos”. Su preocupación no se debe a que tenga lugar una posible liberación animal sin tener en cuenta los deseos de los propios animales, sino al modo de relación humano-animal que defiende: criar, matar y consumir animales. Defender y promover esa forma de vida requiere, obviamente, animales que permanezcan sujetos a ese ciclo. Es decir, la cuestión que le interesa a Porcher no es debatir en profundidad la enorme complejidad que supone abordar la libertad de los animales domesticados, sino que dicha libertad siga siendo conceptualizada como intrínsecamente unida al ser humano que los cría, mata y consume, perpetuando así dichas prácticas.

El argumento de Porcher sobre no victimizar a los animales y pensar una relación distinta a la de explotación, procura mostrar que existe una relación de trabajo entre los animales y quienes los crían con el propósito de obtener de ellos su leche, sus hijos e hijas o sus cuerpos que serán vendidos, matados y/o consumidos. Insiste en establecer claras delimitaciones entre la inhumana producción industrial y los criaderos que “tratan bien a los animales”. En el ámbito industrial prima la maximización productiva y la explotación de humanos y no humanos, y es donde, según Porcher, sí se percibe al animal como trabajador que puede ser productivo o improductivo o incluso sabotear el trabajo cuando, por ejemplo, una cerda aplasta a sus hijos (p. 170). En contraposición considera que en la cría extensiva es más difícil percibir que los animales trabajan, asume que el trabajo animal no tiene evidencia y focaliza su investigación experimental en apegarse a esa posibilidad para convertirla en algo perceptible. Para ello se centró en las vacas, observándolas, grabándolas y apuntando todo lo que hacían, y llegando a la conclusión de que los momentos en que estas no colaboran y se resisten es cuando se hace visible el esfuerzo activo de las vacas para que el trabajo del criador pueda realizarse. Cuando obedecen órdenes, cuando van al robot de ordeño sin empujarse, al apartarse de la máquina cuando corresponde y, en definitiva, cuando hacen todo lo necesario para que el sistema funcione a la conveniencia de los criadores la rutina adquiere una apariencia de obediencia maquinal, siendo en los conflictos, en las situaciones de desobediencia o resistencia cuando pueden apreciarse otros significados, cuando se hace patente que ese funcionamiento maquinal requiere todo un compromiso y colaboración por parte de las vacas (p. 171).

Foto: Juan Goyache

Podríamos centrarnos precisamente en la resistencia de los animales en esos espacios o en cómo viven la experiencia de que les arrebaten a sus crías. Dada su insistente observación, cabe suponer que la investigadora conocerá bien los fuertes vínculos sociales que establecen estos mamíferos y el daño emocional que conlleva la separación madre-cría. Hay numerosos estudios científicos al respecto[5], pero estos detalles no son relevantes porque, como hemos avanzado, el objetivo de las artificiosas teorías de Porcher es otro. Su empeño por mostrar que las vacas trabajan responde a promover y defender un consumo de carne que no es la carne producida en un esquema de explotación (industrial), sino carne feliz, carne producto de la colaboración de un animal, quien ha trabajado para llegar a ser carne, carne a la que se ha dado una “buena vida”. En definitiva, se trata construir un imaginario romantizado en torno a la cría extensiva de animales, de trabajo conjunto y consensuado por ambas partes, criador y animal. Construir la idea de que este tipo de (re)producción animal es el punto de equilibrio necesario entre la despiadada cría industrial y los malvados veganos que quieren liberar a los animales eliminándolos del mundo.

Esa noción de eliminación de los animales que, según ella, lograríamos las veganas con la liberación animal, se basa en la idea de que sin criador no hay animales domésticos. Si se acaba la cría (a manos humanas), se acaban los animales y a partir de ahí Porcher genera una visión apocalíptica de un mundo sin animales, un “proyecto inhumano” que describe en un artículo titulado Comer in vitro y vivir sin animales, un proyecto inhumano[6]. Ciertamente, su planteamiento sobre cómo la zootecnia puede redirigirse hacia la producción celular de carne tiene todo el sentido, ya que se ahorraría los actuales procedimientos para producir animales (inseminación, engorde rápido, transporte, matanza…). En tal transición los múltiples intereses, económicos y de otra índole, serían ineludibles. Por otro lado, dentro del sistema capitalista la cooptación de diversas ideologías o movimientos sociales cuyos principios o consignas son convertidos en argumento de venta no es nuevo, lo vemos todos los días. Sí, vemos como los productos veganos, especialmente los procesados, han adquirido protagonismo en los grandes  supermercados, siendo vendidos en muchos casos por las propias empresas dedicadas a la explotación animal. Y como sabemos, los conceptos de bienestar animal, carne feliz, gallinas libres o cría sostenible, que Porcher defiende, también son usados por las multinacionales para satisfacer las demandas de los consumidores de carne con conciencia.

Pero más allá de las dinámicas del mercado y del aún incipiente debate sobre los pros y contras de la carne celular, pretender generar una visión apocalíptica de un mundo sin animales, poblado por (in)humanos alimentados con carne de laboratorio, como si ese fuera el proyecto que el movimiento antiespecista o animalista promueve es, como mínimo, tendencioso.

La premisa básica de la liberación animal es dejar de explotarlos, de consumirlos y de producirlos. Evidentemente si dejan de “fabricarse” ya no habrá los millones y millones actuales, sea en explotaciones industriales o extensivas, algo que como sabemos agradecerá el planeta. ¿Implica esto que vayan a desaparecer tal como plantea la visión catastrofista de Porcher? Seguramente no y, desde luego, no es el objetivo de los liberacionistas. Pero antes de llegar a esa posibilidad, hay otras cuestiones a tener en cuenta. En un contexto donde hay animales que durante miles de años han sido sometidos a una selección genética que ha destrozado su salud, al punto de que, en algunos casos, su esperanza de vida se ha reducido considerablemente y otros apenas llegan a tener calidad de vida ¿qué significaría liberarlos?

Por ejemplo, hoy los cuerpos de las gallinas, especialmente las denominadas ponedoras, llevan consigo un boleto ganador al cáncer de ovario u otros problemas reproductivos que les causan la muerte a los pocos años de vida. Los pollos broiler seleccionados por la industria para engordar mucho y rápido tienen problemas de obesidad, articulaciones, corazón, sistema inmunitario… Quienes conocemos a estos animales sabemos que sacarlos de una jaula o del sistema de explotación, sea este industrial o extensivo, no va a liberarlos de una genética impuesta en nombre de la maximización productiva que ahora los convierte en seres condenados a numerosas dolencias. Así que la liberación en espacios como los santuarios de animales se dirige a darles la mejor vida posible según las necesidades de su especie, a adquirir conocimientos para tratar esos problemas y facilitarles toda la atención veterinaria requerida para, al menos, paliar el daño causado por nuestra especie. ¿Cabe decir que son libres? Pues no, por eso se ha mantenido la palabra liberación con cursivas. Esos animales habrán sido liberados del sistema de explotación que los condenaba a vivir y morir para ser consumidos, pero seguirán cargando con los problemas de salud derivados de esa vida anterior y, por supuesto, seguirán en una situación de dependencia del ser humano.

Hacia el cierre del capítulo, Despret afirma que

las vacas de Jocelyne Porcher despiertan mucha más curiosidad que si las hubiera tratado como víctimas, están más vivas, más presentes, sugieren más preguntas, nos interesan y tienen la oportunidad de provocar interés en su criador. Una vaca que desobedece a sabiendas invita a una relación completamente distinta que una vaca que se sale de la rutina porque es tonta y no ha comprendido nada; una vaca que hace su trabajo compromete de una manera totalmente distinta que una vaca víctima de la autoridad del criador (p. 173).

La reflexión de Despret refleja la diferencia entre los estudios animales donde se inscribe su trabajo y los estudios críticos animales. Para ella, las “vacas de Jocelyne”, se convierten en interesantes objetos de estudio, nos despiertan curiosidad y preguntas, no solo a quienes leemos, sino incluso al propio criador que las verá de otra forma. El resultado de entender que una vaca “hace su trabajo” se supone que va a generar una diferencia, “una relación completamente distinta”. ¿Distinta para quién? No para la vaca. La vaca seguirá participando, activamente si se quiere, pero en total desventaja dentro de una relación asimétrica en la cual su margen de decisión (que no su capacidad) se circunscribe a lo que su dueño o criador quiere obtener de ella, es decir, tendrá que “dar” su leche, “dar” a sus hijos y, finalmente, “dar” su vida. Ni las vacas, ni las humanas supeditadas a relaciones donde alguien ejerce el control sobre sus vidas para obtener beneficios de ellas experimentan cambios sustanciales por el hecho de que alguien más se dedique a estudiarlas, y construya teorías sobre la conveniencia de no verlas como víctimas de la autoridad, percibirlas como inteligentes en vez de estúpidas, o colaboradoras activas de una tarea en la que tendrán que participar de un modo u otro, por las buenas o por las malas. Porcher no niega esta asimetría, se limita a naturalizarla y legitimarla, para favorecer el consumo de carne.

Por último, señalar que el historiador Jason Hribal también propuso que “los animales son parte de la clase trabajadora”[6] en un artículo así titulado y publicado en inglés en el año 2003 en la revista Labor History. Su relato histórico se enfoca en el papel de los animales en el nacimiento y desarrollo del capitalismo, en las consecuencias que tuvo para sus vidas, en sus formas de resistir y en la explotación, como elemento común entre humanos y no humanos. Al “poner en duda el supuesto básico de que hay que ser humana para ser considerada como trabajadora” (2014, p. 13), aporta una nueva perspectiva al debate sobre los derechos animales gestado en los siglos XVII y XVIII en un contexto donde primaba la maximización productiva. Un punto de vista muy diferente de la retorcida idea de relación de trabajo propuesta por Porcher.

 

1 Despret, V. (2018) ¿Qué dirían los animales… si les hiciéramos las preguntas correctas? Editorial Cactus, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

[2] Ariès, P., Denhez, F. y Porcher, J. Pourquoi les végans ont tout faux (2018) Publicado en Liberation. Recuperado de: https://www.liberation.fr/debats/2018/03/18/pourquoi-les-vegans-ont-tout-faux_1637109/

3 Ávila Gaitán, I. D., (2014) Especismo antropocéntrico, veganismo moderno-colonial y configuración de formas –de- vida: una propuesta política (ya en marcha). Publicado en Periódico Desde Abajo. Recuperado de: https://www.desdeabajo.info/ambiente/item/25149-especismo-antropocentricoveganismo-

4 Voltes, A. (2020) De vínculos y vacas: dinámicas sociales y malestar en las explotaciones. Publicado en El Salto. Recuperado de: https://www.elsaltodiario.com/infoanimal/dinamicas-sociales-vacas

5 Porcher, J. (2018) Manger in vitro et vivre sans les animaux, un projet inhumain. Publicado en Terrestres, recuperado de: https://www.terrestres.org/2018/10/10/manger-in-vitro-et-vivre-sans-les-animaux-un-projet-inhumain/

6 Hribal, J. (2014) Los animales son parte de la clase trabajadora y otros ensayos. Ochodoscuatro ediciones, Madrid.