Shah, S. (2020) “The Next Great Migration. The Beauty and Terror of Life on the Move”. Bloomsbury. ISBN13: 9781635571974

La periodista Sonia Shah expone en su último libro el rol central e invisibilizado que la migración ha tenido sobre la evolución de los animales humanos y no humanos.  A través de un análisis histórico de la evolución de las ciencias naturales que se remonta más allá de dos siglos, Shah pretende desmontar lo que ella llama la “ilusión sedentaria” y desmitificar las nociones negativas comúnmente asociadas a seres que migran. Definitivamente, esta obra cuestiona la legitimidad que comúnmente se otorga a lo “nativo” frente a lo “extranjero” -frecuentemente catalogado como invasivo-, al visibilizar el dinamismo y el movimiento en el proceso de la vida. Las criaturas somos en movimiento.

La autora introduce su trabajo con dos mapas interactivos[1] que muestran los movimientos de animales humanos y no humanos en los últimos años. La multitud de caminos resultantes entretejidos por toda la superficie del planeta nos deja una imagen muy diferente a la de un mundo dividido por fronteras que contienen especies estáticas de animales.

A lo largo de diez capítulos, Shah describe la perspectiva histórica cambiante de la migración en diversas culturas. La época actual se caracteriza por muchos estereotipos y estigmas asociados a las personas que migran, y la autora se centra en subrayar la falsedad de estos mitos, que son económicos, sociales y ecológicos. Queremos llamar especialmente la atención sobre el capítulo octavo, que explora cómo estas nociones negativas que atribuimos a animales humanos que migran se proyectan también en nuestro entendimiento del mundo natural y de lo que consideramos que debe ser la naturaleza de los demás animales.

Mediante una multitud de entrevistas a científicas naturalistas y una compilación extensiva de estudios de ecología ambiental, “The Next Great Migration” nos aporta 3 cuestiones relevantes para cualquiera que quiera estudiar y entender nuestra relación con los demás animales y cuestionar ciertos sesgos inherentes a la naturaleza de la ciencia que a menudo nos aleja de la liberación animal:

 

  1. El mito de lo sedentario

En primer lugar, hemos construido una historia y la hemos proyectado sobre nuestro pasado, nuestras vidas y el mundo animal, en la que la migración es la anomalía. La idea de que ciertos animales (tanto humanos como no humanos) pertenecen a ciertos lugares fijos es un constructo social con una larga historia en la cultura occidental moderna. Según esta lógica, la migración es necesariamente una catástrofe, porque viola el orden natural. El principio fundacional puede resumirse en: nosotras pertenecemos aquí, ellas pertenecen allí. En este paradigma de estasis mítica, es fácil catalogar lo extraño de excepción. Pero la vida es y siempre ha sido en movimiento. Es nuestra humanidad compartida la que hace de nuestro pasado migratorio una necesidad lógica. “¿De qué otra manera podríamos haber poblado todo el globo terráqueo?”, pregunta la autora.

El análisis de nuestro ADN mitocondrial muestra que nuestra historia migratoria es mucho más rica de lo que se pensaba: no hemos sido migrantes una vez en el pasado lejano (salida de Homo sapiens de África) y otra vez en la era moderna más reciente, con un largo periodo de quietud entre medias (visión que ha predominado en la biología evolutiva hasta hace poco). Hemos sido migrantes todo el tiempo. Nuestros antepasados emigraron, se encontraron, se fusionaron y volvieron a emigrar. Hoy seguimos haciendo lo mismo. La rápida evolución de las técnicas paleontológicas deja claro que nuestra comprensión de la historia migratoria no ha hecho más que empezar[2]. Por este motivo, Shah opina que es más acertado llamar a nuestra especie Homo migratio.

El medioambiente está sometido a cambios constantes, por lo que la evolución no resulta en criaturas inmóviles que viven en entornos estáticos e inmutables, sino que favorece a las criaturas que migran. Nuestros cuerpos están adaptados para migrar. Numerosas especies sufren cambios fisiológicos en su ciclo de crecimiento que preparan al cuerpo para una larga migración. La autora resalta el caso de varios tipos de aves, los salmones, las anguilas, multitud de insectos, etc. De hecho, esta es la razón por la que numerosas plantas han desarrollado métodos ingeniosos para atraer a los animales, para que transporten sus semillas.

La tecnología GPS desarrollada durante la 2ª Guerra Mundial ha permitido rastrear los movimientos que constituyen el día a día de los animales no humanos. Antes de la invención del radar se desconocía la abrumadora frecuencia con la que las especies migran. La biogeografía histórica estaba llena de incógnitas, y los biólogos ideaban historias probables que tenían sentido dentro del marco de un mundo sedentario. Shah expone anecdóticamente el caso de los pájaros. Hasta la primera mitad del siglo pasado se desconocía el por qué de la desaparición de ciertas aves en invierno (ahora sabemos que migran a lugares más cálidos), y se pensaba que se escondían en agujeros y cuevas hasta la vuelta de la primavera. Ahora sabemos que las especies salvajes vagan regularmente más allá de las fronteras que los científicos han definido para ellas.

A lo largo de este capítulo aprendemos varios ejemplos similares. Estudios con cámaras camufladas han permitido descubrir que los jaguares del Amazonas se desplazan por zonas diez veces mayores de lo que se había estimado previamente. Los cocodrilos de Australia, que se suponía que evitaban viajar por el océano, nadan más de trescientos kilómetros mar adentro aprovechando las corrientes oceánicas. Los tiburones tigre, que se suponía que eran residentes permanentes de las aguas costeras alrededor de Hawaii, viajan miles de kilómetros mar adentro. Algunas libélulas migran desde el este de Estados Unidos hasta Sudamérica, volando cientos de kilómetros diariamente. Y esta es solo una pequeña muestra de la larga lista de ejemplos que describe la autora con la intención de remarcar que los movimientos de los demás animales no son sencillos, y cuanto más se rastrean más complejos se vuelven. El mito de un mundo sedentario había hecho creer que los demás animales tenían una capacidad de desplazamiento tan limitada que sus movimientos más lejanos sólo podían ser mediados por los animales humanos. En realidad, su capacidad para desplazarse de forma compleja y sofisticada eclipsa la nuestra.

La invención del radar ha facilitado un conocimiento exponencial sobre la vida animal que después de varias décadas ha dado luz a la disciplina de la “movement ecology”, que estudia a las criaturas como seres en movimiento y adopta un nuevo enfoque al situar el movimiento como una de las características centrales del comportamiento de los animales y del funcionamiento de los ecosistemas.

  1. La taxonomía linneana como forma de colonización del mundo natural

En segundo lugar, de esta lectura aprendemos que el mito de las especies sedentarias que predomina en el imaginario ecológico actual se remonta a muchos años atrás influyendo en la manera con la que catalogamos a todos los seres vivientes que habitan el planeta.

La autora nos adentra en la vida de Carl Linnaeus y otros científicos de la época para entender qué nociones y proyecciones sociales modelaron la biología del momento. Linnaeus, cuya taxonomía confinó por primera vez a las especies silvestres en los lugares geográficos, no había profundizado en la cuestión del origen de las especies ni en si se habían trasladado a sus hábitats actuales o en cómo lo habían hecho. Para él, las especies pertenecían ipso facto al lugar donde las encontraba, y fue precisamente esa la visión la que inscribió en su taxonomía. Algunas historiadoras han clasificado la taxonomía linneana como una forma de colonización mental y de construcción de imperios, una herramienta más en las campañas de conquista europea con la que encajar cada ser vivo en un orden. La taxonomía linneana constituyó la base del estudio moderno de la naturaleza. Los taxonomistas posteriores actualizaron sus clasificaciones -dejaron de reflejar la ubicación geográfica de una especie con su nombre ya que se dieron cuenta de que la mayoría eran más divergentes y dispersas geográficamente de lo que Linnaeus había supuesto-, pero mantuvieron la estructura básica.

Y así, mientras Linnaeus pasó a la historia como fundador de la taxonomía moderna, la migración como fuerza de la naturaleza pasó a un plano ausente. La taxonomía linneana sugiere una naturaleza que existe en unidades discretas, definidas por fronteras biológicas. Cada criatura sobrevive en su propio lugar, separada y aislada de las demás. El tejido conectivo que la migración crea entre poblaciones y lugares desempeña aquí un papel biológico poco relevante o inexistente.

Aún así, la biología de la época no desconocía la presencia de especies emparentadas en distintos continentes. ¿Cómo era eso posible en ausencia de movimientos migratorios? El descubrimiento de las placas tectónicas resolvió el dilema de cómo las especies se habían extendido por el planeta en un mundo sedentario. La llamada teoría de la “vicarianza” estableció que, durante millones de años, los continentes se encontraban fundidos en uno solo (Gondwanaland), lo que permitió a las especies del mundo convivir en una única masa de tierra. Eso explicaba los orígenes compartidos de las criaturas salvajes y sus similitudes biológicas. Luego, cuando el supercontinente se separó, las especies del mundo fueron arrastradas en diferentes direcciones. En esta historia de la naturaleza imaginada por los biogeógrafos de la “vicarianza”, el movimiento de las especies había sido tan lento, pasivo e imperceptible que los movimientos de animales activos y de larga distancia no podían desempeñar ningún papel en la naturaleza ni en la historia.

 

  1. Las especies recién llegadas suelen beneficiar al ecosistema local.

Las políticas antinmigración y la “invasive biology” o “conservation biology” defienden una versión de la naturaleza donde las poblaciones viven separadas y aisladas (humanas y no humanas), adaptándose a sus distintos paisajes y diferenciándose unas de otras. En esta versión de la biología, la función de la migración es librar a los ecosistemas del “exceso de individuos”, y el movimiento de poblaciones a través de las fronteras biológicas augura la perdición ecológica y perturba el orden natural. Aunque esta ha sido la visión predominante sobre los movimientos migratorios durante décadas, lo que Shah intenta mostrarnos es que, cuando la ciencia se dedica por fin a analizar sus detalles, concluye que es mayoritariamente errónea.

Es cierto que los depredadores y los patógenos introducidos en ecosistemas relativamente cerrados, como lagos e islas, pueden llevar a la extinción a las especies ya residentes. Pero la mayoría de los ecosistemas no tienen fronteras cerradas a su alrededor. Shah nos remite al trabajo del biólogo y ecólogo Ken Thompson, “Where do Camels belong?” (2014) para explicarnos que un individuo o un grupo recién llegado a un ecosistema no siempre conlleva una pérdida de biodiversidad o una reducción de las especies autóctonas. En ocasiones, implica todo lo contrario. En los últimos quinientos años, las especies “recién llegadas” -un término sin duda más amigable que invasivas– han llegado a dominar alrededor del 3% de la superficie terrestre, conformando en algunos países hasta el 20% o más de la fauna residente. La naturaleza transgrede las fronteras todo el tiempo por una buena razón, los individuos recién llegados suelen aumentar la riqueza de especies a nivel local y regional. La mayoría de los movimientos de poblaciones no son perturbadores: sólo el 10% de las especies recién introducidas se establecen en sus nuevos hogares, y sólo el 10% de ellas prosperan de forma que pueden amenazar a las especies ya residentes (Gurevitch and Padilla 2004; Thompson 2014; Vellend et al. 2013). Condenar a todos los recién llegados como inevitablemente perjudiciales debido al 1% de sus miembros no es una afirmación científica acertada. La autora lo ilustra con el siguiente ejemplo: cuando el Canal de Suez unió artificialmente el Mediterráneo con el Mar Rojo- que habían estado separados durante millones de años- más de 250 especies se desplazaron de un lado a otro. Su movimiento provocó la extinción única de una estrella de mar llamada Asterina gibbosa. La introducción de ochenta especies marinas en el Mar del Norte, y de setenta especies en el Mar Báltico, condujo a cero extinciones entre los locales (Mooney and Cleland 2001). Dado que los desplazamientos no se producen a la escala que la “invasion biology” predijo, la llegada de los recién llegados aumentó la biodiversidad. Únicamente en el territorio continental de Estados Unidos, cuatrocientos años de fronteras abiertas a los inmigrantes han provocado un aumento de la biodiversidad en un 18% (Thompson 2014).

Además, no sólo las especies ajenas, sino también las catalogadas como nativas, tienen efectos disruptivos sobre los ecosistemas (Thompson 2014). Trabajos como el de Thompson cuestionan la validez del principio organizativo de la conservación: la clasificación de las especies como ‘nativas’ o ‘foráneas’, un dualismo cada vez más puesto en duda debido a la forma que tienen las especies de desplazarse.

Otro mito que se cuestiona en este libro sobre las especies recién llegadas es el coste económico de su establecimiento en el ecosistema local. Los biólogos especializados en invasiones incluyen en estos análisis predictivos no sólo los daños que causan los recién llegados, sino también el coste de deshacerse de ellos de forma preventiva. No obstante, nunca incluyen los potenciales beneficios económicos de los migrantes silvestres[3]. Thompson compara el impacto de las especies introducidas con éxito con el de las especies residentes y concluye que son iguales en casi todos los aspectos.  «Si el mejillón cebra fuera autóctono, hay muchas razones para esperar que sea aclamado como un héroe medioambiental, en lugar de ser vilipendiado como el enemigo público número uno», cita Shah.

 

Conclusión: La migración como eje de nuestra historia

La conclusión final de la autora es que, aunque el paisaje que vemos a través de nuestras ventanas diariamente parezca estable; la realidad es que la migración es una fuerza de la naturaleza, arraigada en la biología y la historia de todos los animales. Además, apunta que el cambio climático que caracteriza al Antropoceno vaticina flujos migratorios cada vez más frecuentes, y nuestra especie debe prepararse para saber qué hacer al respecto.

Esta lectura cuestiona el concepto “especie” como un constructo social estático proyectado en un mundo en el que las especies son dinámicas, migran, adoptan nuevos comportamientos y hogares. Es una pretensión errónea clasificarlas en esquemas estáticos, además de potencialmente peligrosa, ya que legitima exterminios en masa de animales, tanto humanos como no humanos.

“The next Great Migration” aporta argumentos de base ecológica para desmentir todas las nociones y previsiones catastróficas de esta misma disciplina en torno a la llegada de nuevas especies. Somos conscientes, al igual que la autora, que este “migration shift” –que supone el desplazamiento de la migración desde los márgenes de la experiencia humana hacia el centro– no será reconfortante para muchas. Se nos ha enseñado a esperar estabilidad y nos creemos con derecho a una naturaleza inmutable. Aún así, obras como esta dejan claro que la migración no es una excepción a la regla. Siempre nos hemos movido, y no hay ningún factor que explique el por qué debe revertirse para restaurar alguna estasis mítica.

Algo que Shah deja fuera de su análisis (en casi todo momento antropocéntrico), y que a nosotras nos gustaría destacar como igualmente importante, es la sintiencia de todos los animales no humanos que sufren y mueren bajo nuestro afán de clasificarlos en un esquema estático imaginario. Desde la epistemología antiespecista, que marca el trabajo de Antropología de la Vida Animal. Grupo de estudios de etnozoología, queremos sumar una reflexión a la lectura del libro de Shah: en un planeta cambiante, debido a la acción y colonización del animal humano; ¿qué legitimidad tenemos para decidir qué especies deben estar y dónde?

 

Referencias bibliográficas:

Crawford, Michael H, and Benjamin C Campbell (2012) “Causes and Consequences of Human Migration-Causes and Consequences of Human Migration: An Evolutionary Perspective.” Accessed September 30, 2021. www.cambridge.org.

Gurevitch, Jessica, and Dianna K. Padilla (2004) “Are Invasive Species a Major Cause of Extinctions?” Trends in Ecology & Evolution 19 (9): 470–74. https://doi.org/10.1016/J.TREE.2004.07.005.

Mooney, H. A., and E. E. Cleland (2001) “The Evolutionary Impact of Invasive Species.” Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America 98 (10): 5446–51. https://doi.org/10.1073/PNAS.091093398.

Thompson, Ken (2014) “Where Do Camels Belong? : The Story and Science of Invasive Species,” 262.

Vellend, Mark, Lander Baeten, Isla H. Myers-Smith, Sarah C. Elmendorf, Robin Beauséjour, Carissa D. Brown, Pieter De Frenne, Kris Verheyen, and Sonja Wipf (2013) “Global Meta-Analysis Reveals No Net Change in Local-Scale Plant Biodiversity over Time.” Proceedings of the National Academy of Sciences 110 (48): 19456–59. https://doi.org/10.1073/PNAS.1312779110.

 

Notas:

[1]

1) https://www.fastcompany.com/40423720/watch-the-movements-of-every-refugee-on-earth-since-the-year-2000

     2) https://www.youtube.com/watch?v=y4JJgyTncCA&ab_channel=Movebank

[2] La autora comenta de forma anecdótica cómo algunos estudios han incluso localizado un gen potencialmente responsable del comportamiento migratorio de Homo sapiens, DRD4 7R+ o gen “wanderlust” (Crawford and Campbell, 2012).

[3] Como bien apunta la autora, esta visión selecciona los casos más disruptivos e ignora convenientemente los beneficios de otras especies introducidas en nuevos ambientes, como el maíz, el trigo, el algodón, la patata, entre otros.