La animalización es una herramienta altamente efectiva para facilitar la desvinculación moral. Desde esa distancia imaginada donde el otro es menos que humano, o solo un animal, dañarlo adquiere sentido. Frente a las perspectivas que tratan de entender tales cuestiones sin dar cuenta el antropocentrismo que impregna las concepciones de lo humano y lo animal, emergen apuestas que reivindican lo animal como potencial para entender la otredad, y desestabilizar esta y otras dicotomías jerarquizantes. 

Palabras clave: humano/animal, animalizar-des/humanizar, antropocentrismo violencias

1. Deshumanizar: la animalización y la desvinculación moral

El psicólogo Philip Zimbardo, en su libro The Lucifer Effect (2008), analiza distintos casos de genocidios, masacres y torturas. El autor señala que la perspectiva disposicional, en la que se basan la mayoría de nuestras instituciones, busca respuestas que van de la patología al heroísmo tomando como punto de partida preguntas basadas en el “quién”. Los psicólogos sociales, sin embargo, evitan esa perspectiva, tomando la situacional y siendo su punto de partida el “qué”. Ambos puntos de vista reflejan distintos modos de abordar los problemas personales y sociales, aunque en las culturas individualistas tendemos a sobreestimar la perspectiva disposicional (motivos, rasgos, genes y patologías) y a subestimar la importancia de las cualidades situacionales. La propuesta de Zimbardo es mostrar el poder de las situaciones para transformar a las personas y sus acciones en una u otra dirección. Por otro lado, las condiciones situacionales son creadas por factores de más alto orden, sistemas de poder que han de ser tomados en cuenta para entender los complejos patrones de comportamiento humano.

Zimbardo parte de la teoría de la desvinculación moral de su colega Albert Bandura, y del conocido “Experimento de la cárcel de la Universidad de Stanford”, que el propio Zimbardo dirigió en 1971, porque ilustra cómo a través de una táctica de deshumanización de la víctima se puede desactivar la moralidad que tendemos a dar por supuesta. El experimento consistió en asignar a los participantes la tarea de ayudar a dos grupos de estudiantes a mejorar su desempeño castigando sus errores a través de la administración de choques eléctricos de diferente intensidad. Como si fuera accidental, los asistentes, vistos como una figura de autoridad, dejan escuchar que uno de los dos grupos de estudiantes “parecen animales”, mientras del otro no se dice nada o se dice que “son buenos chicos”. Se trata de comprobar el efecto que estas dos etiquetas tienen sobre la intensidad del castigo que se aplica a uno y a otro grupo. El experimento mostró que progresivamente se iba aplicando mayor intensidad en el castigo cuando los que eran imaginados como “animales” cometían errores. El distanciamiento generado por una construcción mental acerca de los otrosgenera un importante impacto en el comportamiento hacia ellos.

El análisis de Zimbardo de genocidios o masacres es realizado a partir de los contextos históricos, de las situaciones sociales y del modo en que éstos se imbrican con dispositivos psicológicos individuales y grupales que acaban derivando en acciones de máxima crueldad que pueden ser llevadas a cabo por cualquier persona. También introduce el concepto de la “banalidad del heroísmo” que invierte lo anterior ya que, del mismo modo que una situación determinada puede impulsarnos a dañar a otros, la situación adecuada también puede activar nuestra capacidad de ayudarlos. “Nuestra habilidad para involucrar y desconectar selectivamente nuestros estándares morales (…) ayuda a explicar cómo la gente puede ser bárbaramente cruel en un momento y compasiva al siguiente” (2006, Albert Bandura, citado por Zimbardo, 2008, p. 18)[1]

La animalización permite reducir al otro, subordinarlo, dominarlo e incluso destruirlo. Ese otro imaginado animal no alcanza una excepcionalidad humana también imaginada, y tal distancia facilita la desvinculación moral. Desde ahí, dañarlo tiene sentido, puede incluso percibirse como necesario, más aún si se activan otros mecanismos como el miedo, la percepción (real o imaginada) de que ese otro supone una amenaza. Esa desactivación moral ante el/lo animal no responde a un orden universal, sino a cómo se re/produce y aprende el lugar de lo animal frente al lugar de lo humano en un contexto social particular. Por ello es relevante recordar que, como señala Mónica Cragnolini,

hay una “guerra contra el animal” que está presente e ínsita en el mismo proyecto tecnocientífico de la modernidad, en el proceso de “humanización” del hombre, y con respecto a la cual cabe preguntarse si las formas de pensamiento que plantean la cuestión del otro y del inconsciente logran evadirla (2011, p. 321)

2. Subordinar y aniquilar al animal para construir lo humano

Las violencias masivas y sistemáticas ejercidas sobre los vivientes animales son numerosas: industria alimentaria, zoológicos, experimentación en bioterios, destrucción de los ecosistemas que habitan, explotación sexual, abusos en el ámbito doméstico, exterminio de especies denominadas invasoras, explotación como animales de carga o trabajo y un largo etc. Las sociedades humanas (occidental(izadas) se erigen sobre la dominación, subordinación, explotación y matanza sistemática de animales, aún así, o precisamente por ello, tales violencias no se definen como tal, sino que se ubican en lo que Derrida denominó “muertes-no criminales”. En tal contexto, señalar las prácticas de explotación, subordinación y dominación de los animales como opresiones injustas y crueles se puede tornar polémico, especialmente cuando se emplean términos que fueron acuñados para definir violencias sufridas por humanos.

Manfred Gerstenfeld (2009) en el libro The abuse of Holocaust memory. Distortions and responses, dedica un capítulo a la trivialización del Holocausto siendo el epígrafe titulado The Animal Holocaust donde se refiere a quienes han establecido comparaciones o vinculaciones entre el Holocausto y la explotación animal. Gerstenfeld cita a J. M. Coetzee, al escritor judío Isaac Bashevis Singer o al historiador estado-unidense Charles Patterson, dedicando la mayor parte de alusiones a la controvertida campaña de Peta titulada “Holocaust on your plate”.[2] Si bien es problemático comparar opresiones sin dar cuenta de sus particularidades, la forma en que Gerstenfeld zanja la cuestión ignora aportaciones relevantes que van más allá de los meros paralelismos. La campaña de Peta se basó en el slogan antes mencionado y en la contraposición de imágenes impactantes de los campos de concentración y de animales explotados para consumo humano. El sufrimiento e indefensión de las víctimas y la sistematización de la muerte a gran escala son puntos comunes entre ambas opresiones, pero éstas se dan en contextos diferentes, siendo también distintas las motivaciones subyacentes de los opresores. Sin embargo, el libro de Charles Patterson, Eternal Treblinka: Our Treatment  of  Animals  and  the  Holocaust (2002), sí da cuenta de los contextos históricos y sociales que vincularon la creciente industrialización de la explotación animal en Estados Unidos, a principios del siglo XX, con el nacimiento del sistema de producción en cadena de Henry Ford, el antisemitismo del empresario a quien Hitler profesaba admiración, la colaboración de Ford con el Tercer Reich, y la gestación, desarrollo y ejecución del Holocausto en Alemania. Patterson destaca algo poco visible en las narrativas sobre la historia industrial estadounidense: el papel clave de los mataderos, siendo que los historiadores se han enfocado más en las virtudes de la producción masiva.

En un estudio de los operarios de mataderos que James Barrett realizó a principios del siglo pasado, se dice que “los historiadores han escamoteado a los trabajadores de las empacadoras su merecido título de pioneros de la producción masiva, por cuanto no fue Henry Ford sino Gustavus Swifty  Philip  Armour  quienes desarrollaron  la  técnica  de  cadena  de  producción que simboliza la organización  racional del  trabajo”. Henry Ford, tan impresionado por la manera eficaz con que los matarifes de Chicago degollaban animales, hizo una contribución especial a la matanza de seres humanos acontecida en Europa. No sólo desarrolló el sistema de cadena de producción que los alemanes luego utilizarían para matar judíos, sino que inició una virulenta campaña antisemítica que contribuyó a la aparición del Holocausto. (Patterson p.121-122)

La contextualización sociohistórica de Patterson es precisa, incide en aspectos que otros historiadores minimizan o ignoran y da cuenta de cómo las prácticas de control y/o exterminio de animales es extrapolado a poblaciones humanas. A pesar de ello, Gerstenfeld se limita a citar una frase de Patterson y concluir que “los defensores de los derechos de los animales que trivializan el Holocausto humanizan a los animales para desarrollar su discurso defectuoso y perverso” (p. 121, traducción propia). La división humano-animal queda patente, así como explicitados los límites que no deben ser rebasados. El animal no ha de ser humanizado y el humano no ha de ser animalizado (trivializado). En la misma línea de defensa de la excepcionalidad humana el filósofo Jorge Sierra Merchán alega que

matar a alguien como a un animal era matarlo de forma indigna. Quienes defienden los derechos humanos se oponen a tal tratamiento indigno que se les da a los seres humanos. Pero ¿y los derechos de los animales no cuentan?  Si todos los animales fueran personas (seres racionales y conscientes de sí mismos), la idea de una ética animal sería realizable. El problema es que la gran mayoría de animales, sino todos, no son personas, sino sólo seres con capacidad de sentir placer y dolor. El planteamiento implícito de autores utilitaristas como Singer, es que es peor el sufrimiento infringido a las personas que a los seres que no son personas, como los seres sintientes. Por ello, carece de fundamento equiparar el Holocausto con el sufrimiento en masa de los animales porque claramente los animales no son personas ni pueden sufrir como ellas. (2017, p.267)

Tales posicionamientos se enfocan en reforzar categorías jerarquizantes tan arbitrarias como normalizadas, así, la categoría persona (o humano) se atribuye a individuos que cumplen con determinados requisitos, dejando fuera al resto. Dejarlos fuera implica, en este caso, que su sufrimiento existe, pero no es igual. En el mejor de los casos importa, pero importa menos (o nada). En definitiva, el animal queda reducido a una otredad viviente, sintiente e incluso sufriente, pero subordinada al humano quien al final determina, a partir de sus propios parámetros, cuál es el valor de esa otra vida y dispone de ella. Como señala Rosi Braidotti “lo humano es una convención normativa, no intrínsecamente negativa, pero con un elevado poder reglamentario y, por ende, instrumental a las prácticas de exclusión y discriminación”. (2015, p. 32) No solo han sido animalizadas las víctimas de los nazis, lo animal como aquello que ha de ser excluido, superado o aniquilado ha estado presente en otros tantos otros procesos como la colonización, la esclavización de personas racializadas, el exterminio de indígenas, la discriminación de disidentes de genero y de neurodivergentes, la subordinación de las mujeres, etc. Ese dualismo humano/animal jerarquizante ha sido y es altamente operativo y eficaz para justificar, llevar a cabo y normalizar múltiples violencias. Precisamente por ello es esencial tomar en cuenta aquellas propuestas que nos impulsan a pensar más allá de dicho binomio y de la autoproclamada excepcionalidad humana. O, en palabras de Matthew Calarco (2013), propuestas que nos insten a llevar a cabo “un completo cuestionamiento del antropocentrismo, que abra nuevas posibilidades para el pensamiento y la vida” (p. 19)

3. Las violencias más allá de lo humano, más allá del antropocentrismo

La propuesta postulada en este texto plantea con Cragnolini que “no se puede pensar la cuestión del otro sin pensar en la cuestión del animal como otro” (2011, p. 322). Abordar las violencias demanda ampliar la mirada más allá de lo humano, en sintonía con apuestas que no eluden el modo en que lo humano y lo animal ha sido producido en Occidente, el peso de esta (y otras) dicotomía(s) en la percepción y construcción de la otredad y de los mecanismos de inclusión/exclusión, así como las conexiones entre diferentes opresiones. Y en relación con los vínculos entre opresiones, cabe destacar la importancia de comprender el especismo antropocéntrico como “un orden tecno-bio-físico-social que continuamente re/produce la dominación animal. [Tal perspectiva del especismo], posibilita comprender su cofuncionamiento con los órdenes capitalista, patriarcal y colonial que hoy se encuentran en un momento de crisis/recomposición, al igual que los mecanismos disciplinarios o de normalización que los integran” (Ávila, 2019, p. 264).

Imagen: Jo-Anne McArthur

Imagen: Jo-Anne McArthur

El postestructuralismo evidenció la decadencia del Hombre (europeo, blanco, cisgénero, propietario…) como ideal y medida universal. Las reflexiones posthumanistas han mostrado el carácter normativo de lo humano y las jerarquizaciones asociadas. Y la emergencia de múltiples resistencias teórico-políticas (feminismos, antiespecismos, teoría queer, perspectivas decoloniales, estudios críticos animales…) han desdibujado los límites de los binomios. En este contexto

tal vez la apuesta por lo animal pueda devenir una instancia decisiva y   transversal para desmantelar los dispositivos humanistas que se vuelcan sobre las formas de vida y las clasifican-jerarquizan dentro de ciertas taxonomías (como varón/mujer, hombre/animal, naturaleza/cultura, blanco/negro). Lo animal surge, entonces, como una instancia estratégica para pensar políticas de resistencia y dislocación… (González, 2019, p. 53)

Estas perspectivas desestabilizan fronteras interpelando a los órdenes de dominación (patriarcal, antropocéntrico, capitalista…) y abriendo otras formas de pensar y comprender las violencias. Esa disolución de fronteras humano/no humano no se limita a los vivientes animales, sino también a otros organismos (plantas, virus, bacterias, etc.), así como a sistemas tecnológicos. Esto último ha sido abordado en conocidas teorías como la del actor-red de Bruno Latour o a través de la noción de cyborg de Donna Haraway. Desde estas perspectivas, el ser humano contemporáneo se inserta en un entramado sociotécnico de agencias compartidas con los elementos tecnológicos que re/producen lo humano. No obstante, hay que tener en cuenta que, tal como observa Ávila,

hoy, las fronteras entre lo humano y lo no humano se han vuelto difusas, pero no para eliminar lo humano, sino para reconstruirlo en un modo que podríamos llamar transhumano o hiperhumano. (…) el humano del transhumanismo es el nuevo ideal normativo dibujado por el tecnobiopoder en el contexto de las informáticas de la dominación. (2019, p. 257)

La crisis de ideales normativos y la emergencia de propuestas teórico-políticas han abierto numerosas posibilidades para interpelar y comprender las relaciones de poder, pero eso no implica el derrumbe de los órdenes de dominación ni de sus dispositivos, sino una reconfiguración de los mismos.

4. A modo de conclusión

Se puede afirmar que lo que entendemos por humanidad es un ideal imaginado. La humanidad o lo humano representado como el bien, implica que tener humanidad o llevar a cabo acciones humanitarias es cumplir con ese ideal imaginado, cuya normatividad no es fija. Las acciones de crueldad llevadas a cabo por quienes son considerados parte de la especie humana tratan comúnmente de explicarse como patologías o desviaciones de lo humano. Tratamos de apartarlas de esa excepcionalidad humana asumida y ubicar el mal en el lugar de las bestias, de los animales. A su vez, la animalización del otro se emplea como herramienta altamente operativa para justificar tanto su subordinación como su destrucción. Frente a las perspectivas mayoritarias que tratan de entender tales cuestiones sin interrogarse acerca del antropocentrismo que impregna las concepciones de lo humano y lo animal, emergen apuestas que reivindican lo animal como potencial para entender la otredad, y desestabilizar esta y otras dicotomías jerarquizantes. Tales apuestas van más allá de la mera teoría, demandando y promoviendo la construcción de modos alternativos y comunes de habitar con los otros vivientes.

Bibliografía

Ávila Gaitán, I. D. (2019). Los animales ante la muerte del hombre: (tecno)biopoder y performances de la (des)domesticación. Tabula Rasa, 31, 251-268. DOI: https://doi.org/10.25058/20112742.n31.10

Calarco, M. (2013) Ser para la carne: antropocentrismo, indistinción y veganismo. En Instantes y Azares. Escrituras nietzscheanas, 13 (2013), ISSN: 1666-2849, ISSN (en línea): 1853-2144, pp. 19-36

Braidotti, R. (2015) Lo posthumano. Editorial Gedisa, Barcelona.

Cragnolini, M. B. (2011) Hospitalidad (con el) animal. Escritura e imagen. Vol. ext. (2011): 313-324 http://dx.doi.org/10.5209/rev_ESIM.2011.37741

Gerstenfeld, M. (2009) Holocaust Trivialization, in The abuse of Holocaust memory. Distortions and responses. Jerusalem Center for Public Affairs (JCPA) Pp. 116-129

González, A. G. (2019) Deshacer la especie: hacia un antiespecismo en clave feminista queer. Revista TEL, Irati, v. 10, n.2, p. 45-70, jul. /dez.2019-ISSN 2177-6644

Haraway, D. A Cyborg Manifesto: Science, Technology, and Socialist-Feminism in the Late Twentieth Century, in Simians, Cyborgs and Women: The Reinvention of Nature (New York; Routledge, 1991), pp.149-181.

Latour, B. (2008) Reensamblar lo social: una introducción a la teoría del actor-red. Ed. Manantial. Buenos Aires

Patterson, C. (2002) ¿Por qué maltratamos tanto a los animales? Un modelo para la masacre de personas en los campos de exterminio nazis. Traducción Ramón Sala. Ed. Milenio (Lleida).

Sierra Merchán, J. (2017). «Los judíos murieron como ganado, por tanto el ganado muere como los judíos». ¿Hay un Holocausto animal? Revista Filosofía UIS, 16(2), doi: http://dx.doi.org/10.18273/revfil.v16n2-2017012

Zimbardo, P. (2008) The Psychology of Evil in The Lucifer Effect. Ed. Rider. Pp. 3-22.

 

Referencias 

[1] Cita aparecida en un artículo del New York Times Benedict Casey, «In the Execution Chamber the Moral Compass Wavers,» The New York Times, February 7, 2006. Citado por Zimbardo, P. En “The Lucifer Effect” (2008, p. 18)

[2] Pueden verse imágenes de la campaña en este enlace: https://thesocietypages.org/socimages/2008/05/05/petas-holocaust-on-your-plate-campaign/