El pasado mes de octubre tuvo lugar en Viena el 35 European Congress of Neuropsychiatry, un evento donde casi 5700 profesionales en la investigación sobre psiquiatría, psicología y neurobiología de los trastornos mentales se encontraron para compartir y debatir sobre proyectos y objetivos. El congreso contó con decenas de espacios para actualizar el estado de la investigación y los actuales retos. Entre los actos programados se encontró la sesión de debate titulada “The continued need of animal models” (la necesidad continuada de los modelos animales), un espacio pensado para que las científicas compartiesen sus dudas e inquietudes sobre el uso de animales no humanos como modelos de investigación de trastornos mentales.

La encargada de dar respuesta a las preguntas y dirigir el debate fue la doctora Judith Homberg, profesora en Redboud Univesrity Medical Center situado en Nijmegen, Países Bajos. Su trabajo consiste en el estudio de la vulnerabilidad y resiliencia en trastornos relacionados con el estrés, como sería el trastorno de estrés post traumático. Para su estudio neurocientífico usa animales no humanos, mayoritariamente ratones, como modelo con el que experimentar diversas condiciones genéticas y ambientales y evaluar su efecto en la neuroquímica cerebral.

El debate sobre experimentación animal se abrió rápidamente. El enfoque de las intervenciones se basó el cuestionamiento técnico, ya que tanto en la literatura como la propia experiencia de las participantes demuestra que hay limitaciones evidentes en esta metodología. Hay que considerar que los trastornos mentales son conjuntos de rasgos, conductas y pensamientos que pueden generan malestar al individuo y se entienden en un gradiente: una conducta obsesiva, por ejemplo, sólo es clínicamente relevante cuando se percibe por encima de un límite acordado por organismos internacionales de salud mental. El diagnóstico, clasificación y tratamiento de trastornos mentales está en constante debate, pero hay un acuerdo claro en que son un fenómeno exclusivamente humano. Así, el procesamiento (antes y/o después de nacer) de un animal no humano para emular un trastorno mental tiene la limitación evidente de que ese individuo es incapaz de padecer el trastorno y que, en todo caso, nuestras herramientas de diagnóstico no son aplicables a individuos de otras especies.

La respuesta al planteamiento sobre las limitaciones se argumentó en base los beneficios que nos aporta la experimentación animal. Sí se reconocieron estas limitaciones, pero se contra argumentó que los estudios con modelos animales aportan información sobre variables de comportamiento y cognición (exploración, sociabilidad, memoria, etc.), que son cuantificables en animales no humanos y están relacionadas con trastornos mentales. Este razonamiento legitima una infinidad de prácticas que pueden causar desde un ligero estrés puntualhasta intensos dolores crónicos en animales no humanos, con el destino inevitable del asesinato (“sacrificio” en términos científicos) del sujeto. La doctora Homberg cerró la cuestión alegando que hay que ir con cuidado con las conclusiones que se desprenden de los estudios con modelos animales por sus limitaciones, no sin antes manifestar que, en su opinión, se pone demasiada presión en tanto a expectativas y exigencias en experimentación animal que son irreales en cualquier campo científico.

Se puso sobre la mesa la necesidad de los modelos animales referenciando las normativas vigentes. Los organismos que regulan la experimentación animal se declaran en conflicto permanente, ya que el uso de vidas sentientes (especialmente las de primates no humanos) para el beneficio unilateral humano plantea cuestionamientos éticos relevantes. A nivel práctico, la experimentación animal está permitida en tanto que se cumpla regla de las tres R: reemplazar, reducir y refinar, en ese orden de prioridad. Desde la práctica científica se concibe un interés en orden inverso, siendo el refinamiento la práctica prioritaria. La opinión de la doctora Homberg sobre esta cuestión establecía que el debate ético surge de “organizaciones” e incluso de “la sociedad”, aparentemente ajeno a ella o su institución. Una participante sugirió que el aumento de inversión en recursos en el desarrollo de tecnologías que permitan reemplazar los modelos animales podría generar un cambio importante y salvar muchas vidas humanas y no humanas. A todo ello, la respuesta de la doctora Homberg fue remarcar que, aunque se puede incentivar el desarrollo de nuevas tecnologías, también hay que aumentar los recursos para la experimentación con modelos animales. No hubo una justificación clara de por qué.

En el curso de la sesión se plantearon otras cuestionas más técnicas, no estrictamente relacionadas con esta “necesidad” del uso de animales no humanos, que se desarrollaron con total normalidad. Resulta interesante que desde un congreso de estas dimensiones se conceda un espacio para la reflexión ética. Aún así, hay que considerar que no todo suma. Una sesión con un título que da una respuesta categórica a un problema ético aun sin solución manifiesta una clara parcialidad. El enfoque de la sesión sólo es el reflejo de una sociedad estructuralmente especista, dónde el uso y abuso de los otros animales sentientes es legítimo, especialmente si aporta beneficio a la especie humana. Nada hay de sorprendente en las opiniones de la doctora Homberg y de muchas otras asistentes. La ciencia actual mantiene un diálogo pésimo con la ética ya que asume el método científico como algo puro y necesario, y los resultados de las investigaciones libres de interpretaciones sesgadas. La peligrosa negación de la ciencia a aceptar que, como cualquier actividad humana, tiene un contexto dónde se mezcla la política, intereses económicos y sistemas de opresión impide su propio avance y va en detrimento de las necesidades de todas las habitantes del planeta.